22/01/2018
Conferenciante: PRESENTACION DE FRANCISCO ÁLVAREZ-CASCOS A IGNACIO GARCÍA-ARANGO
Título: "JOVELLANOS Y LA CARRETERA DE CASTILLA"



Texto de la presentación de Francisco Álvarez-Cascos a Ignacio García-Arango Cienfuegos-Jovellanos, en la conferencia: "Jovellanos y la carretera de Castilla":

 

Señoras y señores, buenas noches.


El foro de Asturias recibe hoy como conferenciante al presidente de la Fundación FORO JOVELLANOS DEL PRINCIPADO DE ASTURIAS, Ignacio García-Arango y Cienfuegos-Jovellanos, cuyos apellidos me ahorran explicar su estirpe formada por la descendencia directa de Benita, hermana mayor del ilustre asturiano que da nombre a la institución que Ignacio preside hoy.


Tuve la oportunidad de conocerle en la Academia Remacha de Gijón, durante el verano de 1965. Ignacio ya había superado los cursos de Selectivo y de  Iniciación en la Escuela de Ingenieros de Caminos de Madrid y fue mi profesor veraniego de Física. Desde entonces nos encontramos muchas veces en nuestras diferentes trayectorias vitales. La suya fue una singladura rectilínea porque dedicó íntegra su vida profesional -cuarenta y dos años ininterrumpidos desde 1970 hasta 2012- al servicio público como funcionario del Ministerio de Obras Públicas, luego Ministerio de Fomento, destinado en Asturias donde llegó a desempeñar la máxima responsabilidad de Jefe de la Demarcación entre 2004 y 2012.

Ostenta la presidencia de la Fundación FORO JOVELLANOS desde  el año 2015. En esta triple condición de Ingeniero de Caminos, de descendiente de Jovellanos y de presidente de la Institución cultural que lleva su nombre, Ignacio reúne todos los méritos imaginables para dictar una conferencia cuyo tema central es la Carretera de Castilla, una vía de comunicación que Jovellanos soñó e impulsó activamente, pero que nunca llegó a ver concluida. Algo parecido a lo que sucedió años después con otro proyecto de Jovellanos, cuya iniciativa asumió el gran mecenas de la industrialización Alejandro Aguado, marqués de las Marismas del Guadalquivir, el sevillano que quería hacer de Asturias el Manchester español, que impulsó y financió la Carretera Carbonera entre Sama y Gijón, a quien la repentina muerte en esta Villa también le impidió ver cumplido el sueño de Jovellanos.


Los Ingenieros de Caminos como Ignacio, que proyectan y dirigen las obras de las carreteras, llevan marcados en su personalidad, de una manera especial, los poderosos influjos telúricos de los túneles, de los puentes y de las calzadas. Son las huellas de su dedicación a unas obras muy cercanas a la gente, que condicionan de manera poderosa la vida diaria de aldeas, villas y ciudades, que afectan a los intereses personales de los ciudadanos y que marcan el futuro y el progreso (o retroceso) de los pueblos. Ignacio García-Arango representa perfectamente a esos ingenieros enamorados de su profesión, capaces de transformar las cicatrices dolorosas de las carreteras -que algunos llegaron a llamar “navayadas” no hace tantos años- en brocados valiosos y admirables del territorio. Mi admirado Javier Manterola escribió en su libro “La obra de la Ingeniería como obra de Arte” que “En este mundo del arte confuso empiezan a estar presentes de una manera cada vez más insistente las obras públicasLas carreteras y los ferrocarriles pueden llegar a ser auténticas obras de Land Art. Los tiempos actuales y sus amplios planteamientos sobre qué es el arte no tardarán mucho en descubrir la formidable belleza de los puentes, las presas, las carreteras... Y aunque esto no sea demasiado importante para las obras públicas, lo es mucho para el arte de nuestro tiempo”.


Estoy seguro de que a Ignacio le tocaron noches sin dormir, cuando había problemas con la nieve, que habrá dado muchas voces y que se llevaría muchos si las cosas salían mal en las carreteras de la red del Estado, fueran de gestión directa o gestionadas por una concesionaria de esas sobre las que ahora, al parecer, ya no tiene responsabilidad el Ministerio de Fomento.


A Ignacio se le nota mucho que conoce muy bien y lleva todos los rincones de las carreteras marcados en sus pensamientos y en su corazón, que han hecho de él un ingeniero apasionado en la defensa de los valores de su tierra, frente a los mercenarios de moqueta que nunca pisaron una obra porque prefieren los oropeles de la burocracia y el marketing de los despachos. Por eso, sobre todo, me interesa destacar de Ignacio sus pensamientos íntimos, los que están escondidos bajo su piel curtida de ingeniero del estado, los pensamientos a los que dio rienda suelta en su  libro imposible de conseguir en librerías, escrito con otros dos compañeros, que se titula “Buscando Figones por los caminos y caleyes de Asturias”. Después de invitar a sus lectores a que “preparen su calzado, su ropa de andar y su coche, no olvidando el sacacorchosla navaja, la manta de viaje y el paraguas” nos deleita con la mejor guía gastronómica asturiana que conozco y nos aconseja algo tan admirable como “olvídense del reloj, guíense por el de su deseo”. Tras mostrarnos en su libro la enorme variedad y riqueza de nuestros figones concluye el prólogo dejándonos su  visión filosófica de la felicidad: “la paz del camino y la felicidad del caminante reside en comer en el sitio que Dios quiera, y en dormir a diestro y siniestro”. 

 

Hace dos siglos y medio, con su inteligencia privilegiada, Jovellanos aprendió muy pronto la importancia de las buenas comunicaciones en sus constantes viajes por España y se mostró toda su vida convencido de la trascendencia de abrir nuevas vías de comunicación, como la Carretera de Castilla o la Carretera Carbonera, para sacar de la decadencia a su país, Asturias, sin necesidad de hacer las encuestas de tráficos que tanto gustan a los burócratas. Fueron una parte de los proyectos más importantes por los que luchó toda su vida, entre otros muchos bien conocidos en el campo de la cultura, de la educación o de la agricultura.

Sobre la Carretera de Castilla que soñó Jovellanos, a la que dedicó en 1793 un viaje de 23 días, hoy nos va a hablar quien dedicó a las carreteras de su país una vida entera: Ignacio García-Arango y Cienfuegos-Jovellanos.



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